
La noche era murmullo de gotas de lluvia blanda, de alma avariciosamente aspirada, de corazones encendiendo estrellas para calcinar la queja del impasible tiempo que irremediablemente llega para decirse
adiós. Es inútil guardar el minuto para la eternidad.
Y llegó el día puro como un beso inmolado, con ese brillo matizado del sol entre las hojas que observaron con signos de agotamiento por el fragor de las últimas horas. Ella se acercó a la ventana y con una emoción contenida, se estremeció ante la belleza del mundo y de las cosas, saboreando ese olor a musgo que evidenciaba que estaba ante el cálido río de su infancia, la melancólica tierra donde no existe el desamparo y se dejó envolver por la nostalgia referencial de un sentimiento: permanecer.
Pero hoy esto, ya es también historia.